
La última vez que me lo ha demostrado fue el sábado en el Donostikluba, una de las estaciones finales de la gira de presentación de su reciente La Polinesia Meridional, y un auténtico recital por infinidad de razones. Comenzó con la parte más bailable del nuevo disco, para luego alternarse con medios tiempos. A prácticamente cualquiera, una cambio de ritmo de ese calibre le cuesta el concierto. A Guille le pasa lo contrario, canta al piano con tal intensidad, que convierte la sala en una olla a punto de ebullición. Por supuesto, aquello termina explotando y roza la apoteosis cuando llega la larguísima e imparable colección de hits, y la temperatura emocional ya se ha desbordado hace rato. Tal fue el ambiente, que el concierto terminó con la sala desbocada superando las dos horas (¡en Donosti!), y Guille compatibilizando su proverbial timidez con una espontánea que se subió al escenario (¡en San Sebastián!), y terminó cantando sobre sus piernas en el piano. Por cierto, todo esto sin necesidad de mencionar que la ejecución fue prácticamente de libro, a pesar de que sobre la PA de la sala podríamos discutir, y que La Casa Azul repartió entre las canciones decenas de guiños y referencias a sus influencias que fueron la delicia de cualquier melómano.